Se cuentan por miles las personas con sentimientos encontrados, con el corazón totalmente dividido entre el ídolo y las raíces, entre el corazón y la mente, entre el sentimiento y la etiqueta, entre la idealización y la sangre, entre lo que uno quiere querer y entre lo que sus huesos y sangre quieren.
En miles de rincones del mundo hay millones de personas deseando que suceda una cosa que sabe que no debe desear, pero que desea con ahínco, pues lo que le hace sentir un ídolo de juventud, no lo siente ni por su país ni por su bandera, ni por sus tierras, ni por nadie.
Personas, que en su deseo más íntimo tienen un deseo para la final que se escapa de toda lógica humana y que no saben ni donde ver el partido, ni con quien, ni qué celebrará, ni qué le enfadará.
Pero digo yo, ¿Quién es nadie para ordenar a su corazón lo que tiene que querer y lo que no?
Millones de personas divididas. Millones de personas deseando que pierda su ídolo por primera vez en su vida. Millones de personas deseando que pierda su país la final de un mundial. Quizás sea algo inédito en la historia del fútbol.
Pequeños seres, rendidos a quien les ha inspirado, les ha hecho mejores, les ha hecho disfrutar durante décadas, y que, al borde del otro barrio, ha resurgido del ocaso de los dioses ante los ojos del mundo para hacerles recordar que los viejos amores aunque desaparezcan por un tiempo, siempre vuelven, y de ellos siempre se sigue siendo esclavo.
¿Qué poder tiene tu lugar de nacimiento para ir en contra de lo que verdaderamente te nace de dentro? ¿Cuánta fuerza acarrea el peso de tus raíces para desear el fracaso a quien te hizo amar este juego y te quitó el aliento cada tres días? ¿Que poder tiene un jugador de fútbol para ir en contra del país donde naciste, creciste y te dio todo? Y lo peor de todo….¿Por qué hay que elegir? ¿Por qué no pueden ganar los dos?
Si hay algo que al ser humano le encanta es verse en vicisitudes entre cabeza y corazón, revolcarse en esa encrucijada, y sobre todo, aclamar honra al ver cómo escapaba la parte que deja abandonada.
Esto pudiera suceder por raíces familiares, por árbol genealógico o simplemente cariño. Pero esos son los menos. La mayoría suceden por cosas tan pequeñas como pura admiración del gran deportista del siglo XXI: Lionel Messi. El único capaz de todo esto. El único capaz de que no podamos vivir tranquilamente el partido del siglo.
Y yo me pregunto ¿Por que habrá tenido que resucitar? ¡Con la paz que tenían nuestras entrañas!…pero pasó. Al tercer minuto resucitó. Y nosotros, los idiotas, los románticos, los desprogramados, con tan solo sentir de nuevo su respiración, allá que corrió, sin pedir permiso, nuestro corazón. Órgano que estará unido el domingo. No dividido. Porque no será un patria VS idolo. Será, patria e ídolo juntos en el mismo partido.
Pero en la vida hay que elegir. Y desde aquí hago una llamada a estos pequeños seres para que lo vayan pensando. Quedan dos preciosas jornadas de reflexion para decidirnos por España. Porque España es España, y como decia Hewmingway «es el único pais bueno que ha quedado». Somos españoles y aún sabiendo que cualquier amor pensado, ni es amor ni es nada, por nuestra reputación, imagen y bienestar, más nos vale forzarnos a querernos ver campeones. Pensarlo serenamente y bien. Y elegir. Y después, que pase lo que Leo quiera.
Viva España.
Y viva Messi.