Cuentan los ancianos del lugar, que la nación vivía bajo un manto de desesperanza, pesimismo y decepción. Cuentan también, que los bancos de los parques, las barras de los bares y las mesas familiares eran dominadas por la tiranía del no puedo. Cuentan que era tal el desconsuelo que, entre compatriotas, se implantó la sorna y la burla de la desgracia propia.
Cientos y cientos de jugadores y entrenadores magníficos, incapaces de rebasar un límite mental impuesto por la conciencia colectiva de la propia nación. Un muro de piedra, no sólo inviable de saltar, sino también imposible de imaginar que podía ser saltado.
Entonces llegó él. Con su carácter agrio, con su sarcástico sentido del humor, su manera mordaz y directa de hablar a los jugadores y la prensa sin maquillar para no dañarles, su caminar pesado, sus dardos ácidos, su intuición afilada, sus métodos antiguos, su disposición al conflicto, su sabiduría de hacer las cosas simples, y su inspiración eterna.
Hablaron de jugadores. Eran muy buenos. Jugaban muy bien. Hablaron de seleccionadores. Poseían muchos conocimientos, cuidaban su imagen con habilidad, presentaban un entusiasmo fuera de lo normal, y acertaban en las decisiones. Hablaron de súper estrellas, de balones de oro, de Tiki taka, de la roja, del orgullo nacional y la patria por las venas.
Hablaron de todo lo que el hombre puede hablar. Pero olvidaron al hombre. Al genio vapuleado. Al perro apaleado por dejar fuera a pesos pesados. Al más grande que parieron nuestras fronteras. Al hombre que hizo que 47 millones con ceguera, de golpe y porrazo, comenzaran a ver.
Ha pasado media vida, pero éste sigue siendo el equipo de Luis, que no solo creó el camino, sino que lo iluminó para las generaciones venideras dando una patada al tablero mental de la nación. Caminó solo, sin ayudas, con espadas apuntando su cuello, rodeado por infinita maleza y en mitad de la oscuridad. Allí se detuvo y dijo «Seguidme, que es por aquí».
Sin restarle méritos a nadie, no es igual caminar de día que abrir paso en la noche.