Felices siestas

Por enésima vez se desenmascara e introduce frivolidad en ti. La falsa alegría se desvanece lenta y sibilinamente por el frío aire cuando la suerte por la que se tiende a rezar queda a dos cuartas de su casa y a quince polvorientos años de la tuya.


Una vez perdidos los recuerdos que te iluminan hoy tendremos el derecho de encender todas las luces mundiales pero no aún la valentía de encender la nuestra.

La dama se presenta y te perdona por aquel olor a rancio de la página vieja y te dice que nadie es culpable de unos principios que arrastran los pies.

Al no dejarla pasar del hall de casa, ella se crece y se suelta:
¿Aumentarás el tiempo de lo que más te gusta hacer?
¿Integrarás por fin tu sombra a toda tu luz?
¿Vivirás tu vida acorde a ti haciendo lo que te de la gana?
¿Ayudarás a aquellos que no tengan nada que ofrecerte?
¿Comprenderás que únicamente van al infierno los que no luchan por sus sueños?

Todo lo que se aparte, es abismo y delirio.


Así, la dejas pasar al salón para firmar el pacto por escrito. Te ha vuelto a seducir, ¡y eso que habías jurado no dejar entrar a quien traficara con la necesidad!

Firmamos y se marcha. En unos meses volverá. Hasta entonces tenemos que disfrutar la vida, celebrar la navidad y pagar cara la puta inconsciencia.

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