En el campo y en la playa hace calor y la gente se pasea en bañador, el sol aprieta…apenas ha pasado el tiempo desde aquellos años en los que cada noche de verano era una gran fiesta. Alegría, rebeldía, inconsciencia, desobediencia, ¿felicidad?… esos niños con miradas inmaculadas se envolvían cada noche, frente a bancos y mayores al fresco, en una celebración que duraba hasta comienzos de septiembre cuando sonaba a lo lejos Zapato Veloz y su ‘Tribu comanche’, síntoma de la caída de la época estival.
Pero antes de ello tocaba diversión, invención, creatividad, consensos, disputas, habilidades sociales, gestión de emociones…nosotros no necesitábamos talleres online porque lo sabíamos todo.
Organizar, ordenar, y ejecutar unos JJOO por países en pleno corazón del barrio. Fútbol, cartas, cromos, dibujo artístico, chapas, canicas, escondite, bicis, salto de altura, lanzamiento de pértiga…dejaban hambriento al aburrimiento sin necesidad de destruir nuestro intelecto como dos décadas más tarde hemos dado por hecho natural que suceda.
Las noches de antes molaban. Aquellas noches eran lo más puro que se viviría los que tuvieron la suerte de compartirlas. Hoy en día ya no se disciernen los días porque todo es plano, esperado, sin sobresaltos, rutinario, monótono, frívolo y estipulado, mires donde mires, por la ineptitud de algún ente superior. Sin embargo, en una época no muy lejana, apartados de horarios, personas que aman poner normas, tecnologías y progresos estúpidos, los niños teníamos la autonomía de ir llegando cuando nos daba la real gana al patio cuyo aforo estaba hasta arriba de entusiasmo y de vida.
Nadie sabe cómo empezaba la noche, pero había tres formas de acabarla. La primera era que te eliminaran del juego que tocara ese día. La segunda, que los vecinos te amanezaran de muerte ya que al día siguiente tenían que estar listos para desarrollar su insatisfecha rutina de adulto. La tercera forma de cerrar la noche era calcular (sin móviles ni relojes) que el Grand Prix estaba apunto de acabar y había que irse para ver el juego final de las preguntas antes de caer rendidos en la cama.
El bocadillo se comía en la calle por miedo a perder la plaza que te daba derecho a jugar en la final definitiva del rey de la pista. Hay momentos que sospecho que esa fuera la tan ansiada felicidad. En cambio, otras veces no le doy crédito a la felicidad sin ser consciente de ella misma pero de ser así ¿qué importa habiendo sido seres humanos plenos, sin miedos, sin vergüenzas, sin prejuicios y sin todas esas mierdas que a posteriori nos fueron encajonando para hacernos volar en una simple y agujereada caja de zapatos de la que más pronto que tarde acabaríamos deseando huir para lograr dirigirnos a un nuevo paradero desconocido, volver a ese punto de partida pero ahora con la misión más consciente y con este aire bohemio de intentar mimetizarnos con el entorno, librando y serenando la batalla del ayer por la sangre y grava que albergan y decoran nuestras rodillas, las mejores maestras, desde que la calle nos alumbró en aquellos maravillosos 90?
Hoy sigo dándome un paseo nocturno. Suena el gentío de niños eligiendo los equipos y madres voceando en las ventanas. Subo a casa y al asomarme todo está desértico. Esa alegría nostálgica porque sucediera, por haber sido perteneciente a una de las últimas generaciones que se educaron en la calle.
Tampoco hay atisbos de mejora, solo un deseo utópico y esperanzador de volver a escuchar aquella frase para quedar al día siguiente: «Cuando acabe Dragón Ball, en mi portal. ¡Tráete la peonza!».
La vuelta del Grand Prix del verano me ha traído ganas de volver a ser lo que amábamos ser y quien sabe, quizás nunca dejaremos de serlo. Perros callejeros cuya única religión era la calle, el fútbol y la sonrisa. Hemos cambiado bastante pero en realidad tampoco tanto.