Sophie murió en su patio sentada sobre un gran tronco de madera. En la mano sostenía una nota donde ponía «hagas lo que hagas en tu vida, nunca te olvides de cuidar el patio de casa».
El patio era un cenagal ya que Sophie llevaba meses enferma de tuberculosis y no podía atenderlo. Zarzas y matorrales marchitos hacían de la gran finca familiar un paisaje de desgracia y abandono.
Fue tal el desconsuelo de su hija Alejandrina tras quedarse huérfana a la edad de dieciséis años, que su vida nunca sería la misma. De esta manera comenzó a desoír todas las distracciones que la vida le iba poniendo en su camino para atender expresamente la petición de su mamá.
Alejandrina renunció a ser reina dejando este honor a su hermana Dorotea. También rechazó a más de cien hombres que se acercaban cada noche a seducirla mientras ella conducía las mulas con las que araba la fértil tierra de Villa De Gracia.
Alejandrina comenzó a dedicarse obsesivamente a limpiar las seis hectáreas de maleza. Cada mañana, tarde o noche de labranza era una fiesta para Alejandrina.
Tras dos años y sintiendo aún el dolor de la pérdida materna, se vislumbraba una sincera sonrisa en el rostro de la joven cada vez que se disponía a salir de casa únicamente para ver cómo el patio mejoraba su presencia.
Alejandrina derribó varios muros de piedra caliza, tiró abajo el establo dejando entrar luz directa del sol y llenó el patio de jazmines, rosales y azucenas, pasando extensas jornadas regando las plantas con agua limpia de la montaña. Cavó, podó, transplantó, injertó y trabajó férreamente durante dos felices décadas. Al cabo de ese tiempo, el antiguo patio de Sophie se habia convertido en un precioso jardín, el más bello de todo el Imperio austro-húngaro.
Hermosas eran ahora las vistas que contemplaba Alejandrina Zúñiga de Gracia en cada puesta de sol desde su balcón.
Una buena mañana de marzo, cuando Alejandrina despertó y se asomó por el ventanal circular que adornaba la fachada principal, sintió una tremenda felicidad y un alivio espiritual inefable al ver el brillo que emanaba del jardín.
Minutos más tarde, Alejandrina salió de la finca, cogió una daga y se cortó el cuello, cayendo sobre los frutales que tenía en el ala oeste de la majestuosa Villa de Gracia, dejando una nota:
«Cuando hayas adecentado el patio, labrado la tierra, sembrado el jardín y purificado el aire, evapórate. Es misión del siguiente disfrutar del jardín «.