Pasos de tortuga🐢🐢🐢🐢

Tengo un papel en blanco y no sé en qué gastarlo. Son tantas la cosas que me vienen a la mente sobre este 2022 que no sé por dónde empezar. No es sencillo hacer balance de un año natural debido a nuestro cerebro confuso. Ponemos pérdidas y ganancias en una antigua romana como si fueran patatas y tomates intentando equilibrar las partes, olvidando y sumando a nuestro antojo sucesos, dándoles inconsciente e imaginariamente más peso a unos que a otros, distorsionándolos en nuestro beneficio si estamos en temporada alta o como castigo si es temporada media/baja.
Siempre se juzga como malo «perder» y bueno «ganar» pero 2022 ha sido un año increíblemente completo. Podría colocarse como el mejor pero ni esto es una competición ni el mejor ha llegado todavía.
He perdido mucho y bien. He perdido a mi tía, he perdido el equipo de fútbol, el amor de una noche de verano, el tiempo, el trabajo, amigos, trenes, creencias y miedos.

Sufrir una pérdida y que tu alma se quede en el mismo milímetro cuadrado en el que estaba, hará de esa pérdida un sufrimiento añadido al dolor que va por descontado. Pero ya no es así. Han pasado cosas extraordinarias, he conocido a personas brillantes, he viajado solo, acompañado, con amigos y con familia. «Me he encontrado a mi» y quizás con estas cinco hermosas palabras estoy tremendamente satisfecho. Victoria aplastante para el equipo de los tomates podríamos decir.

Para hacer justicia al que se va, escribiré que es un año que en fases pasadas, hubiera sido catalogado ‘para olvidar’ pero hoy lo agarro, lo abrazo, me mezclo con ello, crezco y lo dejo ir.

Por encima del resto, en 2022, cabe mencionar el peregrinaje que dio comienzo en un karaoke y finalizó entre sonidos de gaitas junto a Cerezaman. Nunca creí que un ‘viaje’ me uniera tanto a las tres personas que hicieron de maestros para mí, cada uno con su librillo de enseñanzas tan particular.

Mi peregrino favorito era una mezcla de las cuatro tortuga ninja, que era como nos llamamos a nosotros mismos. Lo que le faltaba a uno lo ponía el otro. Cuando uno se quejaba, los otros tres cantaban armando así una preciosa postal, varias decenas de kilómetros por andar y sin motivo racional y aparente para la alegría. No obstante, ofrecíamos a las inolvidables tierras portuguesas una fiesta, que era nuestra peculiar forma de celebrar la vida por aquellos magníficos senderos.


Cuando un peregrino se quedaba atrás no había reparo en dejarlo ahí entendiendo el espacio vital y las circunstancias de cada tortuga comprendiendo la palabra Maktub: todo está escrito, si tiene que venir vendrá.
Cuando un peregrino no llegaba, los demás peregrinos empujaban con energías abstractas sobre los rezagados caparazones. Cada uno era motivo más que suficiente para los otros tres. Había días de más de 60km que sin esa magia, la plaza del Obradoiro hubiese sido una quimera. La cohesión era impecable.


Todos somos peregrinos de nuestra propia historia aunque daba la sensación que Dios había juntado cuatro peregrinos con cuatro historias vitales como cuatro piezas de puzzle donde su encaje era la conjunción absoluta. La melodía fluía y sonaba a la perfección como las notas de piano de Sir Elton John. No existía rendija alguna que nos hiciera dudar en enfrentar las obstáculos que aparecieran.
Podíamos peregrinar hacia Santiago o hacia Júpiter sin necesidad de nada más, únicamente abrochar la mochila junto a tus iguales y comenzar a desfilar en procesión tortulesca. Los pies ya paraban en una realidad paralela pero era tan agradable y dulce la melodía que resonaba frente a los cultivos de maiz, que llegar al destino parcial nos arrojaba un sabor diario desagradable.

Ese placer interior que sentimos al ver a Simone Biles trazar esas perfectas e imposibles figuras, esa sincronía era lo más parecido a las danzas de Rafael, Donatello, Miguel Ángel y Leonardo.

De un peregrino aprendí a caminar en el sentido equivocado sin importar lo más mínimo cuál sería el apropiado. Aprendí también la valentía de obedecer al corazón aunque lluevan piedras y ser el coche escoba de por quien da la vida siendo el 2° plato de la suya misma.
Del segundo aprendí a caminar sin mirar el dolor ni la meta. A caminar como única opción. El peligro que puede causar las distracciones de cara a un objetivo. Aprendí que un barco fuerte tiene que tener un patrón con mente fuerte. Aprendí nuevas marcas de sonrisas y de grilletes. Aprendí que la resiliencia sin aprendizaje sirve de poco y que la alegría espontánea sirve de mucho.
Del tercero aprendí a ver la vida con ojos de un churumbel libre de juicios. La mirada inocente y sencilla debajo de un corazón frío, temeroso y bueno. Uno de los motivos de la aventura. Los pasos prohibidos que no debe dar y el eslabón que enlaza la cadena de acero inoxidable que ha unido a estas cuatro tortugas para siempre.

En 2022 nada es comparable al Obradoiro con mis maestros. Si algo he descubierto estos últimos años es el orgasmo de aprender con otras miradas y de ellos tres lo aprendí casi todo. Eran mis alumnos en un juego con balón pero fueron durante siete días mis maestros en el juego de la vida. Sigo en deuda con ellos.

Progresivamente iremos olvidando anécdotas y momentos. Olvidaré sus caras y sus nombres pero nunca lo que aprendí de ellos en suelo portugués y cielo gallego. Nunca pensé querer tanto a un peregrino como quiero a mis tres tortugas ninja. Les dibujé sobre un papel un camino de infierno y espinas, con sus túneles y sus guaridas, y ahora les doy las gracias sobre este otro papel, por haber hecho de aquello algo imborrable.

Se va 2022, año donde he intentado aprender a cultivar mi propio huerto y a correr hacia mis propios sueños paso a paso. Despacio, con quietud, serenidad, paz y tranquilidad para intentar saborear mejor la vida. Porque la tortuga, por lenta que sea, sabe más del camino que la liebre y sabe más de la vida que la propia vida.

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