Rasca y gana ⚽

Es tiempo de familia, reparo y reflexión. Los entrenadores tenemos algo de margen para hacer balance, realizar pequeños ajustes, autocríticas, leer, enfocar, visualizar, readaptar un microciclo, proyectar y luchar con tus pensamientos para lograr desconectar algunos minutos. Difícil arrancar de la mente el último partido, esa opción no tomada, esa alineación que se pensó pero no se dio y ese próximo entrenamiento.

El mundo del fútbol se ha tornado excesivamente complejo porque debemos poseer cada vez más conocimientos y dominar más ámbitos. Al elegir embarcarnos en esto, tenemos la obligación de formarnos para siempre pero no sólo en fútbol. Bendito reto.

«Aplicar el modelo de juego a la perfección», «Encajar 0 goles» o «realizar las mejores transiciones», esas pequeñas metas no deberían ocultar ni entorpecer la gran meta. Nuestro propósito: Hacer crecer.  A los jugadores, a las personas, al equipo y al club. Dar un impulso a las personas y llevar luz donde hay oscuridad.

En una de estas reflexiones navideñas pienso que a veces los entrenadores no queremos perder un minuto de campo (pues es muy limitado), no queremos perder un minuto de entrenamiento para no poner en peligro el resultado del domingo (me atrevería a decir para quedarnos tranquilos en caso de no ganar)….Y en esas, rechazamos ese juego, esa actividad socio-afectiva, esa dinámica de grupo, esos 10 minutos de vestuario ‘sin hacer nada’ para dar paso a las relaciones entre personas (tan necesarias hoy en día), esa charla individual, esa felicitación en su cumpleaños, esa ovación a un compañero que llega tarde (no está reñido con la multa), esa felicitación personal, esos 30 segundos de preguntar al jugador ¿Cómo te fue el examen? ¿Qué tal tu viaje? o ¿Qué tal se encuentra tu madre?
Tenemos una extendida y fea tendencia a creer que los jugadores están a nuestro servicio y nos olvidamos que somos nosotros quienes debemos estar al suyo.
Estamos tan ensimismados con la perfección de los ejercicios y entrenamientos, que nuestras gafas se han nublado y no somos capaces ni de limpiarlas ni de cambiarlas ni de tirarlas.

El fútbol es un juego. Ya no es un privilegio jugar al balón como lo era antes. Ahora es una opción más entre las miles que tienen los adolescentes y mayores. Las juventudes se encuentran en una época tecnológica, de multitarea, de sobre-estímulos, hedonista, de pantallas, de emociones, de demandas incesantes, de marketing, de problemas, de fakes news, de conflictos, de trastornos, de altibajos…Como entrenadores, es muy grave no entender el contexto actual.
Días atrás, el maestro Javier Vidales escribió «si siempre decimos que el fútbol es un estado de ánimo, ¿Por qué nos olvidamos de darle prioridad al plano emocional de nuestros jugadores?»

…A los entrenadores nos encanta decir eso de «en mi época…..» Nuestra época fue nuestra época y la recordamos con cariño y nostalgia. Nos sirve para extraer pinceladas pero no para aplicar al aprendizaje actual. Mi intención no es restar valor a lo anterior. Me parece que el fútbol se ha desnaturalizado tanto que se ha convertido en una ciencia que se quiere aproximar a la perfección y se ha alejado de lo que en esencia es: un juego.
El fútbol es una de las mejores herramientas que tiene la sociedad para la educación y el desarrollo personal. El fútbol imita a la vida y la vida imita al fútbol. No podemos olvidar eso.

Cuando todo haya pasado solo deben quedar mejores personas, más ricas, mas sabias, con más recursos….y solo así quedarán también mejores jugadores. Y si no les sirve para el fútbol les servirá para su vida. Es nuestra misión y lo que hacemos cada día retumbará para siempre en ellos.

El rendimiento del jugador y del tuyo como mister decrecerá si tu relación personal con el jugador no puede ir más allá que la mera relación entrenador-jugador. No estoy hablando de ir a esquiar a la nieve con tu jugador, que no lo descarto. Estoy hablando de llegar al alma del ser humano con un simple detalle.
Ser entrenador es un acto de fe, de generosidad. No hay otro camino que no sea el vocacional. Cuando no sea así, debemos apartarnos.


Nuestro modelo de juego puede ser el mejor de todo Twitter, nuestros métodos de entrenamientos pueden ser asombrosos…pero si nos quedamos ahí, ni nuestros jugadores ni nosotros avanzaremos a la siguiente dimensión, que nos está esperando con los brazos abiertos.
El jugador tipo posee varias capas de ego. Es joven, es guapo, es buen jugador y tiene unas ficticias ganas de comerse un mundo que no conoce. No por ello es distinto por dentro. Nuestro trabajo es rascar, rascar, rascar y volver a rascar esas láminas para encontrar la zona más asequible donde exista un minúsculo poro con el fin de conseguir acceder al ser humano que hay detrás. ¿Cuesta trabajo? Mucho, pero permítanme decir que no hay cosa que merezca más la pena.
El jugador necesita fútbol aunque, debajo de su octava capa y como deseo más profundo siempre se encuentra lo mismo que en cualquier ser humano: sentirse querido y feliz, sea en su equipo, en su trabajo o en el patio de un colegio.
Hoy en día es imposible que un jugador con problemas y sin apoyo emocional saque lo mejor de sí mismo, entre otras cosas porque nunca antes había existido una generación de jóvenes tan frágiles. Hubo y hay una pandemia de sobreprotección donde nos han dado todo a cambio de obediencia generando infinidad de jóvenes sin herramientas ni alternativas para dar respuesta a todo ese buffet. Debemos ahondar muy dentro y eso empujará a lo de fuera. “Ocupémonos de la persona para que fluya la mejor versión del futbolista” finalizaba el maestro.

Si de verdad pudiéramos medir el factor multiplicador en el rendimiento de un jugador tras recibir un input positivo, en contraste con la disminución de capacidades tras un input negativo, todos cambiaríamos nuestra forma de ver el fútbol y la vida.
¿Eso significa que debemos fingir que algo está bien cuando no lo está? ¿Eso significa quitarle importancia a los errores?
La respuesta es: Depende.

Creo en el enfoque holístico de los entrenamientos para manejar entorno, fomentar la percepción del jugador, distancias, toma de decisión frente a oponentes, relación con compañeros…El estado emocional rige el cansancio, influye en la toma de decisión, la capacidad de asociación, la comunicación y la eficiencia. Además, la creatividad solo surge en un entorno libre y alegre.

Una pregunta que todos nos hacemos es ¿Da tiempo a todo lo que quiero hacer como entrenador con mi equipo?
Es posible que el tiempo que tenemos para entrenar no sea el óptimo para rascar y sumergirte lo suficiente aunque todo son prioridades. El único que puede quejarse de falta de tiempo es el señor de la esquina, que enterraron ayer. Sacar tiempo para simplificar todo lo que deseas, es lo más trabajoso pero si tenemos un trabajo de 40h semanales y llevamos dos equipos a nuestro cargo estamos algo jodidos. Si además tenemos que atender las demandas de pareja, del hogar, de ser buen padre/madre, de ser buen hij@ y de no abandonar a tus amig@s…quizás seas un héroe/heroína ya que tu meta será sobrevivir.

Quizás sea ir en contra de la ciencia y tirar piedras sobre nuestro tejado de entrenadores pero estoy plenamente convencido de que el estado anímico de un grupo, en conjunción con el estado anímico de cada uno de sus individuos y el apego a una identidad de equipo, sumado al propósito grupal en conjunción con el propósito de cada individuo gana más partidos y más campeonatos que una buena condición física o los mejores métodos de entrenamiento, sin olvidarnos de toda la parte competitiva, claro está. Es muy difícil que un grupo abatido gane un solo partido al igual de complejo es ganarle a un grupo ‘enchufado’, aunque seas ‘mejor’ que el.

El propósito del jugador es ganar, el propósito del club es ganar, el propósito del equipo es ganar, y el propósito de la afición es ganar. Nuestro propósito debe ser hacer crecer. Hacer crecer a todos ellos sin mirar mucho el resultado, que es el turrón de las comilonas navideñas: si has comido bien, sobra.

Limpiemos, o tiremos las gafas si fuera necesario, y si con todo esto tienes miedo a que te echen, hazte funcionario que ahí no hay ni que rascar ni que ganar.

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